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miércoles, 14 de enero de 2009

Jueces

Qué puñeteros se ponen con la huelga, ahora, los jueces. ¡Y eso que lo hacen con preaviso! En fin, por si no hemos tenido de sobra en estos últimos años con huelgas como las de los secretarios judiciales, transportistas -culmen del corporativismo social que aceptamos-, la encubierta de Iberia, las sucesivas de los servicios de basura cuando se acercan las fiestas patronales...Y ahora, incluso uno de los poderes del Estado medita lanzarse a la huelga.

Imagináoslo, es como si los políticos un día decidiesen dejar de ir al Congreso -aunque bueno, algunos ya lo hacen- o como si Zapatero se negase a asistir a reuniones internacionales porque no está agusto en las condiciones en las que trabaja. Bien es cierto que los políticos tienen sus dietas y su 'sueldazo' y que Zapatero hasta tiene casa y seguro que la presión a la que está sometido bien le merece el sueldo que perciba. Ahora bien, ¿pueden los jueces irse a la huelga como si de una empresa cualquiera se tratase?

Cuando la Constitución reconoce entre derechos fundamentales de los ciudadanos el de la Justicia, ¿cómo se puede defender el ciudadano ante la ausencia de jueces en ejercicio El Artículo 24 de nuestra Constitución, por ejemplo, consagra que "[...]no se podrá producir indefensión...o dilación indebida[...]". En caso de que la huelga de jueces sea masiva -si se llega a convocar-, ¿cómo se defenderá a los ciudadanos? ¿Cómo se judicializará el día a día? Preguntas con una clara respuesta: los jueces NO pueden ir a la huelga.

A pesar de ser un derecho reconocido constitucionalmente, en situaciones como esta debemos tener en cuenta las repercusiones directas sobre el ciudadano medio. Es comprensible que la Judicatura desee acudir a la huelga cuando sus pretensiones deben de ser juzgadas por un tío como Bermejo, espanto de cualquier jurista. Es cierto también que los jueces trabajan en condiciones deplorables e indignas para profesionales de su talla, que la financiación es ínfima y que en general, el sistema está al borde del colapso. Que una sentencia judicial pueda ser emitida en un plazo cercano a los años es suficiente para ver la situación.

Eso no evita que los jueces no puedan acudir a la huelga. Sus pretensiones deben ser escuchadas y tomadas en cuenta para aligerar el sistema desbordado. Ahora bien, el ciudadano, como principal receptor de los servicios dados por la Justicia en el uso de un derecho constitucional no puede consentir que ese derecho se le suspenda, bajo ninguna manera.

Quizás ahora De la Vega debiera asumir su otrora defensa del derecho de los jueces a ir a la huelga. ¿Son sólo los controladores los que pueden hacer caer a un Gobierno?

lunes, 27 de octubre de 2008

Idiosincrasia española (I): La huelga

Es cierto, el título del post parece el de algún ensayo antropológico de millones de páginas que hacen los sociólogos y los antropólogos para que sean leídos por otros sociólogos y otros antropólogos. Pero no. Lo cierto es que hoy comenzaba a desvariar mientras mojaba la galleta en el café y luego el desvarío alcanzaba su cénit en Literatura. El detonante: la voz -odiada- de Carles Francino hablando sobre el conflicto de la Nissan y amplificado por la incapacidad lectora de Carlos Elordi -¿cuándo enseñarán a ese señor a leer correctamente?-. En ese instante no tenía conciencia de lo que iba a desencadenar pues mi máxima preocupación era, en ese instante, que no se me partiese la galleta mientras la mojaba.

Cuando la galleta ya había sido digerida y estaba yo en un momento supremo de relajamiento muscular y ocular -lo que comúnmente se llama 'estar empanado'- saltó la chispa. En ese momento volvían a mí las voces radiofónicas, la Cadena SER resonaba en mi cerebro y yo simplemente asimilaba la información, la daba mil vueltas, una y otra vez hasta que, ¡chas! Surgió la crítica: ¡qué putos llorones somos los españoles!

En nuestra Historia reciente hemos sido una Nación acomplejada, triste y sumida en el caos desde hace más de un siglo. Incapaces de aprovechar nuestro potencial, nos circunscribimos al más puro lamento y lamemos nuestras heridas sin buscar una salida, sin buscar un lugar donde hincar una huella que resista el paso de épocas como el mármol romano. En lugar de buscar nuestra meta vital, asistimos a la expansión de ese pesimismo vital que azota a este país desde el desastre del 98 -ah, Sagasta, padre de tantos males- y que culmina con el huelguismo y la falaz crítica a toda postura disidente de la cual. Me explico.

No hemos asistido a huelgas con un propósito constructivo desde 1993, con todo un país a punto de derrumbarse, escándalos de corrupción por doquier y robos en las más altas esferas del Estado -y aún así tuvimos que esperar tres años más a que ello se enderezase de una vez por todas-. Tras la época de vacas gordas, en la que la huelga más importante fue el enorme ridículo de 'ugetistas' y 'comisionados', asistimos a nuevas revoluciones entre las que destaca la huelga de Delphi -razonable, por motivo del cierre de la empresa y las ansias de los trabajadores de continuar la producción aunque fuese por su cuenta y riesgo- y, ahora, la de Nissan; mucho más hilarante y descorazonadora para el futuro de la masa laboral española, en la que predomina el absentismo -la picardía española- y la facilidad para dejar de acudir al trabajo bajo la excusa de la huelga.

Hay que soportar que denigrantes películas como 'Los lunes al Sol' -no pongo en duda las cualidades artísticas de los actores involucrados, sino el mensaje que desprende la película- se conviertan en referentes del huelguismo, del criticismo social y del populismo de la clase política. Ah, la huelga. Fenómeno reivindicativo que se convierte, en el 90% de los casos, en un acto de una masa violenta y azuzada por los chupópteros sindicales que no ven peligrar su sueldo. Siempre quedará bien hacerse la foto con Chaves, firmar morralla legislativa y olvidar al trabajador. La masa sindical y cerril de la izquierda 'transformadora' de este país huele a kilómetros. Como decía; Nissan.

Salimos a la calle. Pancarteamos. Gritamos contra el empresario y contra el Gobierno. Después, si podemos, romperemos unas cuantas papeleras y farolas. Si vemos que estamos aburridos, ¿por qué no quemar unos cuantos contenedores? Después, a casita a lamentarnos, a cagarnos en todo el que nos critique y a seguir lamiéndonos las heridas. Resultado: la reivindicación se ve manchada por actos violentos, los despidos siguen adelante y nadie sale ganando. Ahora, reflexionemos.

Frente a esa visión dignificadora del quedarse un lunes tumbado en un banco mirando cómo amanece, vituperando lo que no nos gusta; no me canso de recordar nunca 'Pursuit of Happyness(sic)". La contraposición de los dos puntos de vista va más allá de la mera utopía que supone la segunda para algunos. No dudo del realismo de ambas. No dudo que, tanto una como otra, reflejan la realidad de países como España y EEUU respectivamente. He ahí la cuestión fundamental. ¿El 'sueño americano' no existe? Probablemente no. La iniciativa, la capacidad para sobreponerse a los males y salir adelante; sí. Digo todo esto porque el reciclaje profesional en España brilla por su ausencia y el civismo, sensatez y sentido común en las huelgas de este país es igual a cero.

Los sindicatos de este país se dejan llevar por la sedicente ansia de salir en el telediario, obtener, como digo, una foto con la autoridad política competente y pasar a otros temas. El trabajador, ausente, asiente con lo que se le diga desde la masa y desde aquellos 'illuminati' que suponen la vanguardia del proletariado -los cerdos de 'Revolución en la Granja'- y no piensa en nada más. Sin embargo, ¿qué es lo que más duele a una empresa? ¿Qué es lo que supone una mayor presión a una empresa? El 'stock', la imposibilidad de dar salida a sus productos, el gasto en materiales. En definitiva, una huelga de productividad.

Sé que soy un iluso, sobre todo proponer que se sea más productivo de lo habitual y se produzca un problema de almacenaje -los gurús de la izquierda cerril suelen obviar los costes de almacenaje y producción más allá de los costes salariales- que le cueste a la empresa más que el finiquito que deba de pagar a los trabajadores despedidos. En el país de la improductividad, en el país del 'uno trabaja y cuatro miran' proponer esto es sinónimo de opresor capitalista y vil esquirol.

¿Cuándo aprenderemos que no el que más grita lleva la razón y gana, sino que es el que más sentido común posee y mejor juega sus cartas el que acaba llevándose la mano?

Thomas Carlyle, ensayista e historiador británico dijo: "Es un error esencial considerar la violencia como una fuerza". Aquí llevamos dos siglos de retraso.

Buenas tardes.